martes, 10 de septiembre de 2013

Juan Pedro Aparicio








Rosebud




De un tiempo a este parte tengo una fuerte conciencia de que nada de lo que me rodea me pertenece, pues todo quedará cuando ya no esté. Y así, este lugar, estas cuatro paredes que consideré tan mías, que hasta me parecieron yo mismo, empiezo a sentirlas como ese autobús del que uno se baja tras hacer un recorrido entre paradas. 

Todo es blanco, las estanterías y las paredes. El color lo ponen los libros y la mesa, lo único realmente de diseño que me roza la piel a diario, al menos la piel de las manos. Es negra. De tres cuerpos, el central, de muy buen tamaño, con la forma de una luna menguante. Adosada a ella, algo más bajas, hay dos cajoneras laterales, que son como dos mesas auxiliares a la manera de alas escoltando al gran motor central. 

Las paredes están llenas de libros de arriba abajo o de abajo arriba, salvo una, a mi derecha en que los estantes inferiores ceden su lugar a pequeños armarios. Queda por tanto muy poco espacio para cuadros o pinturas. Hay no obstante algunas fotos, una en la que estoy con Merino y Mateo en un filandón en Cartagena de Indias, un dibujo a plumilla en el que cuatro escritores leoneses rodeamos a Ricardo Gullón, algún diploma y algún cartel enmarcado; luego repartidos por los estantes hay más fotos, algunas familiares, otras de viajes relacionados con la literatura, en Filadelfia, en Brasil, en Belgrado, en Rusia y más fotos, con otros colegas, con mi familia, un equipo de once escritores en pose futbolística que escribió El siglo blanco, un busto de marfil que compré en Kinshasa, una figurilla de un grupo de monos que me trajo Gutiérrez Aragón de un viaje a la China de Mao y varias cosas más, relojes, ceniceros, una madreña, la derecha, que corresponde a un trofeo concedido por el Centro Asturiano en Madrid. 

¿Es esto un lugar íntimo? Sí, porque es caótico. La mesa y los suelos están ocupados por libros, papeles y cuadernos como la tierra que cubre un tesoro. Se diría que encontrarlo es la tarea que uno emprende cada día, quitar todo lo que lo mantiene oculto y sacarlo a la luz casi a paladas, con el esfuerzo de quien desentierra algo que todavía no sabe si merecerá la pena.

Antes mis libros seguían un orden azaroso que obedecía a impulsos afectivos, los mismos que me servían para encontrarlos dentro del caos. Luego se impuso el orden alfabético que añadió comodidad y desterró la sorpresa de ese libro que tenías olvidado y que encontrabas de nuevo como acabado de descubrir en una librería de viejo. Hoy estoy casi en un fifty fifty, o sea mitad y mitad, de modo que todavía hay lugar para la pequeña sorpresa. 

Los libros, sin embargo, han llegado a proliferar tanto que han tenido que salir del escritorio y han tomado buena parte de las paredes de la casa. Y, para mi sorpresa, he descubierto que con la edad uno se va pareciendo cada vez más al ciudadano Kane, ese memorable personaje de la película de Orson Welles, quien en la hora del último aliento, casi incapaz de expresarse, exclamó: ¡Rosebud! ¿Y qué era Rosebud?: el nombre de un juguete que tuvo de niño para deslizarse por la nieve. Yo, en las estanterías de mi dormitorio, tengo muy al alcance de la vista y de la mano las colecciones completas de los tebeos favoritos de mi infancia: Suchai, El Guerrero del Antifaz, Zarpa de León, El Hombre Enmascarado.









© Texto y fotografía: Juan Pedro Aparicio



Juan Pedro Aparicio (León, 1941) ha publicado, entre otros títulos, las novelas Tristeza de lo finito (Menoscuarto, 2007), La gran bruma (Espasa, 2001), El viajero de Leicester (Centro de Estudios Ramón Areces, 1998; Salto de Página, 2013), Malo en Madrid o el caso de la viuda polaca (Espasa, 1996), La forma de la noche (Alfaguara, 1994), Retratos de ambigú (Destino, 1989; Premio Nadal), El año del francés (Alfaguara, 1986; Finalista del Premio Nacional de Literatura) y Lo que es del César (Alfaguara, 1981); la novela corta El origen del mono (Akal, 1975; Menoscuarto, 2009); los libros de cuentos La vida en blanco (Menoscuarto, 2005; Premio Setenil), Cuentos del origen del mono (Destino, 1989) y, junto con Luis Mateo Díez y José María Merino, Cuentos del gallo de oro (Everest, 2008); los microrrelatos de El juego del diábolo (Páginas de Espuma, 2008), Palabras en la nieve: un filandón (con Luis Mateo Díez y José María Merino, Rey Lear, 2007) y La mitad del diablo (Páginas de Espuma, 2006), los libros de viajes La mirada de la luna (diez días entre los nietos de Mao) (Instituto Leonés de Cultura, 1997) y El Transcantábrico: viaje en el hullero (Penthalón, 1982) o las recopilaciones de artículos Las cenizas del fénix, de Sabino Ordás (junto con Luis Mateo Díez y José María Merino: Calambur, 2002) y  ¡Ah, de la vida! (Mondadori, 1991). Sus libros han sido traducidos al inglés, chino, ruso y alemán, entre otros idiomas. De 2005 a 2009 ha sido director del Instituto Cervantes en Londres. En 2013 se le concedió el Premio Castilla y León de las Letras. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada