lunes, 18 de marzo de 2013

Jenaro Talens




  
 
 
 
 
Cualquier lugar puede ser una habitación propia
 
 
Para un viajero impenitente, como lo soy desde mi adolescencia, lo fundamental ha sido aprender a adaptarse a cualquier lugar y circunstancia para poder leer y escribir. Todo lo que he necesitado ha sido un cuaderno (con hojas cuadriculadas, eso sí) y, antes de los ordenadores, una pequeña máquina de escribir. La Consul, que aún conservo, me acompañó durante años, incluso en las concentraciones deportivas de mi época de velocista. En ella compuse las más de mil páginas de mi tesis doctoral y casi todos los libros publicados antes de los años ochenta. Más tarde la sustituyó una sucesión de Mac portátiles (nunca he podido con los PC). Por ello siempre he trabajado donde buenamente he podido: trenes, aviones, aeropuertos, habitaciones de hotel. En los últimos años he conseguido, finalmente, construirme un espacio menos volátil y azaroso. Siempre pensé que los libros merecen más consideración que un automóvil, de modo que decidí dejar el mío al relente y he convertido la cochera de mi casa en un amplio despacho-biblioteca de tres habitaciones, una donde se encuentra la mesa donde trabajo (foto 1), otra donde puedo acceder (foto 2), sin que los aparatos electrónicos me molesten, a diccionarios y enciclopedias y consultar algún libro concreto y una tercera donde hay instalada una cinta sobre la que correr cada día los varios kilómetros que necesitan el cuerpo y la cabeza para mantenerse en forma (foto 3).
 

 
 


 
 
En esa especie de semisótano que es mi reducto —donde mejor me siento, aislado del mundo, sin ruidos de coches ni cosa que me los recuerde—, me rodean fotos de mis hijos y nietos y de algunos maestros ineludibles (una de Góngora, pintado por Velázquez y varias de mi admirado Beckett, incluida ésa en la que, de espaldas y con una bolsa en bandolera, parece alejarse, anónimo, entre la multitud). La de Góngora y una de las de Beckett (en cuyo dorso anoté hace ya muchos años una frase suya: Art is the apotheosis of solitude) han viajado conmigo durante décadas.
 
En ese despacho tengo tres ordenadores. En uno, el más antiguo, casi obsoleto, guardo los archivos que no me es posible consultar con los nuevos programas (esa maldición de la tecnología que me hace desconfiar de la durabilidad de los documentos informáticos frente a los escritos con tinta o las anotaciones a lápiz). Ignoro cuánta vida le queda, de manera que siempre que puedo aprovecho para recuperar material y reconvertirlo a los sistemas más recientes, por si acaso. Los otros dos cumplen funciones distintas. El de mayor capacidad lo dedico a los archivos de música clásica y rock y los materiales audiovisuales (películas, programas de televisión y fragmentos convenientemente digitalizados) para mis clases o seminarios. En el otro (el pequeño Mac Air que siempre me acompaña allí donde voy, aunque aquí está conectado a una pantalla grande para no quedarme ciego sin necesidad), es donde recibo y guardo el correo, escribo los textos en prosa y paso a limpio los poemas que previamente he ido esbozando y anotando en mi cuaderno. Suelo escuchar música mientras trabajo (radio clásica o algo de las novedades, también clásicas, que busco con regularidad). El rock, blues o jazz, que sigo escuchando —los viejos rockeros nunca mueren—, ya no suenan en este despacho, sino en la parte dedicada al ejercicio físico (Deep Purple, J. J. Cale, Jethro Tull, Bruce Springsteen, Gregg Allmann o lo que se tercie).
 
Lo que no hago en este espacio es leer. Prefiero hacerlo en la sala de estar de mi casa o en la cama, antes de dormir. Pero ésa es otra historia.
 
 



 
 
© Texto y fotografías: Jenaro Talens



Jenaro Talens (Tarifa, Cádiz, 1946) fue miembro de la selección española de atletismo hasta 1969. Doctor en Filología Románica por la Universidad de Granada (1971) con una tesis sobre la poesía de Luis Cernuda, ha sido catedrático de Teoría de la Literatura y Comunicación Audiovisual en las universidades de Valencia y Carlos III de Madrid, y catedrático de Literatura Comparada y Estudios Europeos en la Universidad de Ginebra, donde actualmente es catedrático emérito en el Institute for Global Studies. Dirige las colecciones de ensayo "Signo e imagen" de la editorial Cátedra y "Otras Eutopías" de la editorial Biblioteca Nueva. Fundador del Boletín Hispánico Helvético, dirige actualmente EU-topías. Revista de interculturalidad, comunicación y estudios europeos. Entre sus ensayos destacan Carrefour Europa (Bruselas, Bruylant, 2010), Contracampo. Ensayos sobre Teoría e Historia del cine (con Santos Zunzunegui, Cátedra, 2007), El sujeto vacío (Cátedra, 2000), El ojo tachado (Cátedra, 1986) o El espacio y las máscaras (Anagrama, 1975). Entre sus más de veinte libros de poemas publicados podemos citar Un cielo avaro de esplendor (Salto de Página, 2011), La permanencia de las estaciones. Los poemas en prosa (Institució Alfons el Magnànim, 2005), El espesor del mundo (Biblioteca Nueva, 2003), Viaje al fin del invierno (Visor, 1997; Premio Loewe), Orfeo filmado en el campo de batalla (Hiperión, 1994), Proximidad del silencio (Hiperión, 1981) y El cuerpo fragmentario (Fernando Torres Editor, 1978). Ha traducido, entre otros, a Shakespeare, Beckett, Brecht, Hölderlin, Wallace Stevens, Ezra Pound, Derek Walcott, Seamous Heaney o Georg Trakl.
 
 

jueves, 7 de marzo de 2013

Ángeles Mora






Un lugar donde encontrarse
 
 
Mi escritorio se apoya en la pared, incrustado en una estantería que llega al techo. Sobre él papeles y libros siempre están merodeando a su aire, ofreciéndose para lo que haga falta. Sin mucho orden, sólo lo suficiente para no sentirse perdidos, pero tampoco agobiándome con su presencia, porque yo necesito tenerlos cerca, pero también olvidarlos. Por eso en el desorden de mi mesa siempre hay un espacio preservado, libre, frente al ordenador que espera. Cuando escribo poemas, sin embargo, lo aparto hacia el final de la mesa, lo dejo bajo el estante, olvidado. Los poemas me gusta escribirlos a mano en principio. Luego los tecleo y los termino de trabajar y perfilar. Pero para la prosa ya no suelo utilizar el papel, casi siempre escribo sobre la página en blanco virtual que se me abre en la pantalla, también provocadora.
 
Como decía, me gusta tener mi escritorio relativamente despejado, aunque si miro alrededor, libros y papeles me envuelven, me rodean cubriendo todos los espacios útiles, excepto la pared de mi izquierda que la ocupa una luminosa ventana que da a un jardín (verdadero lujo en medio de una ciudad). Los papeles y carpetas están en los muebles auxiliares, que no me auxilian tanto como debieran, porque con frecuencia esconden lo que busco desesperadamente. Aunque lo cierto es que cuando escribo lo de menos es lo que me rodea sino lo que bulle dentro de mí. Así que sólo necesito tener un espacio para mí, donde poder encontrarme con mis voces. Lo que me envuelve forma parte del escenario, el encuentro es conmigo misma, con el papel, con el lector futuro.
 
De modo que en esta leonera sin pretensiones leo y pienso y escribo poemas o cuentos o artículos e incluso alguna carta de vez en cuando, de esas que ya casi no se escriben. No tiene nada especial este rincón. Pero puede que las horas aquí me parezcan un tiempo más vivido y apasionado que en cualquier otro lugar donde comparta el mundo.
 
 
 
 
 
 
© Texto: Ángeles Mora
© Fotografía: Antonia Ortega Urbano
 
 
 
Ángeles Mora (Rute, Córdoba, 1952) vive en Granada, en cuya universidad se licenció en Filología Hispánica. Con La guerra de los treinta años (Caja de Ahorros de Cádiz, 1990) obtuvo el Premio Rafael Alberti. Contradicciones, pájaros (Visor, 2001) ganó el XXII Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla, y fue traducida al italiano: Contraddizioni, ucelli (Edizioni dell'Orso, 2005). De entre el resto de su producción poética destacan Bajo la alfombra (Visor, 2008), Las mujeres son mágicas (Ayuntamiento de Lucena, 2000), Cámara subjetiva (Monograma, 1996),  Antología poética 1982-1995 (Diputación de Granada; edición de Luis Muñoz), La dama errante (La General, 1990), La canción del olvido (Diputación de Granada, 1985) y Pensando que el camino iba derecho (Diputación de Granada, 1982).
 

lunes, 4 de marzo de 2013

Roland Barthes







La nave Argos
 
Los argonautas iban reemplazando poco a poco todas sus piezas, de suerte que al fin tuvieron una nave enteramente nueva, sin tener que cambiarle ni el nombre ni la forma. Esa nave Argos es muy útil: proporciona a la alegoría un objeto eminentemente estructural, creado, no por el genio, la inspiración, la determinación, la evolución, sino por dos actos modestos (que no pueden captarse en ninguna mística de la creación): la sustitución (una pieza desplaza a otra) y la nominación (el nombre no está vinculado para nada a la estabilidad de las piezas).
 
Otro Argos: tengo dos espacios de trabajo, uno en París y otro en el campo. Del uno al otro no hay ningún objeto en común, pues no se transporta nunca nada. Sin embargo, los dos lugares son idénticos. ¿Por qué? Porque la disposición de los útiles (papel, plumas, pupitres, relojes, ceniceros) es la misma: es la estructura del espacio lo que configura su identidad. Este fenómeno privado bastaría para esclarecer el estructuralismo: el sistema prevalece sobre el ser de los objetos.
 
 
 
Mi cuerpo sólo está libre de todo imaginario cuando reencuentra su espacio de trabajo. Este espacio es en todas partes el mismo, pacientemente adaptado al goce de pintar, de escribir, de clasificar.
 
 
 
 
Soy incapaz de trabajar en una habitación de hotel. No es el hotel en sí lo que me molesta. No se trata del ambiente o de la decoración; se trata de la organización del espacio (¡Por algo soy estructuralista!). Para que yo pueda trabajar, es menester que esté en condiciones de reproducir estructuralmente mi espacio de labor habitual. París, el lugar donde trabajo (todos los días de las nueve y media a las trece horas: ese timing regular de funcionamiento de la escritura me conviene más que el timing fortuito que supone un estado continuo de excitación) está en la habitación donde duermo (que no es aquella en que me lavo y tomo mis comidas). Ese lugar se completa con un lugar de música (toco el piano todos los días más o menos a la misma hora, a las catorce y treinta) y con un lugar de pintura, con muchos utensilios. En mi casa de campo he reproducido esos tres lugares. Poco importa que no estén en la misma habitación. No son los tabiques de separación, sino las estructuras lo que cuenta.
 
 

 
Pero eso no es todo. Es necesario que el espacio de labor propiamente dicho esté también dividido en cierto número de microlugares funcionales. Primero, debe haber una mesa (me gusta que sea de madera, pues la madera me encanta). También me hace falta una prolongación lateral, es decir, otra mesa en la que pueda colocar las diferentes partes de mi trabajo. Y luego necesito un lugar para la máquina de escribir y un pupitre para las diferentes criaturas de mi imaginación, microplannings para los tres días siguientes y macroplannings para el trimestre, etc. (Tenga usted en cuenta que no los miro nunca. Su sola presencia me basta). Por fin, tengo un sistema de fichas de formas igualmente rigurosas: un cuarto del formato de mi papel habitual.
 


 
Si yo fuera escritor y estuviera muerto me gustaría que mi vida se redujese, por obra de los cuidados de un biógrafo amistoso y desenvuelto, a algunos detalles, a algunos gustos, a algunas inflexiones, digamos a biografemas.
 
 
 
 
 
Roland Barthes por Roland Barthes, Barcelona, Kairós, 1978. Traducción de Julieta Sucre
Jean-Louis CALVET, Roland Barthes. 1915-1980, Barcelona, Gedisa, 1992. Traducción de Alberto Luis Bixio

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Mariana Enríquez


 
 
 
 
 
 
 
Es atroz. Cada vez que entro a la pequeña oficina biblioteca escritorio lugar de trabajo pienso lo mismo. Que el desorden es atroz y debería despejarlo. Que debería saber exactamente qué contiene cada papel, cuaderno, bloc de notas. Que debería arreglar de una buena vez la batería de mi computadora y moverme por la casa, escribir en el sofá, en la cama, en el patio que para algo tengo un patio, cuando alquilé esta casa soñaba, antes de la mudanza, ah, las noches en el patio, tipeando, qué hermosas noches en este barrio de Buenos Aires, lejos del centro, con un parque tan cerca y silencio, ¡silencio en esta ciudad!
 
Pero nunca salí a escribir al patio y sigo aquí, con las bibliotecas cerca y un escritorio que desborda; todo en equilibrio, tocar algo es ponerlo en riesgo de derrumbe. Claro, también están los cajones que nunca abro porque, como decía Silvina Ocampo, un cajón es el territorio más lejano del mundo.
 
Y es que no puedo ordenar porque así escribo. Porque mi escritura es desorden. Paso un rato con un cuento (¿nouvelle?) que no se parece en nada a Sandman pero tiene dioses y eternos, entonces necesito tener cerca algún ejemplar de Sandman pero también un diccionario de mitología griega y el Libro de los seres imaginarios de Borges por las dudas; y otro rato lo paso escribiendo un libro de viajes por cementerios y necesito tener cerca a Philippe Ariès y Danilo Kis; pero también necesito auriculares porque escribo con música, aturdida. Y paso otro rato con una novela que empecé cien veces y está dispersa en veinte cuadernos que están desparramados o apilados sobre mi escritorio, así como están todos los libros sobre y de Silvina Ocampo, porque también estoy escribiendo sobre ella. Y si funciona lo poco o mucho que funciona, funciona así, con el horrible empapelado de caballitos y las postcards de muertes mexicanas y la cajita de plástico con corazones para el sacapuntas y los lápices y el teléfono para cuando necesito llamar a alguien. Aprendí a escribir en una redacción periodística y, antes, escribí una novela en máquina de escribir. No necesito silencio ni tranquilidad. Antes necesitaba una silla magnífica y ya la tengo. Antes necesitaba fumar, pero ya no fumo. Ahora necesito una cafetera y un ventilador alto para pasar el verano escribiendo la historia de una chica que entra a una casa abandonada y no sale nunca más.
 
 
 
 
 
 
 
 
© Texto y fotografía: Mariana Enríquez
 
 
Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) es licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata y periodista. Ha publicado las novelas Cómo desaparecer completamente (Emecé, 2004) y Bajar es lo peor (Espasa Calpe, 1994), la nouvelle Chicos que vuelven (Eduvim, 2010) y el libro de cuentos Los peligros de fumar en la cama (Emecé, 2009). Escribe en Radar, el suplemento literario de Página 12.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Fernando Iwasaki






Cuando cumplí los cincuenta, descubrí que para enfrentarme a la dichosa página en blanco necesitaba una mesa más bien vacía, aunque semejante superficie era impensable porque en mi escritorio los libros, las cartas, los papeles y los cachivaches se multiplican como los hongos que crecían en los pasamanos de las escaleras de la casa de la Maga de Rayuela. Entonces pensé que antes que una mesa vacía necesitaba un espacio diáfano y limpio donde montar las estanterías definitivas, la última biblioteca después de tropecientas mudanzas. Ahora me enfrento a las repisas en blanco y disfruto pensando en cómo colocaré los libros sobre las baldas. ¿Por géneros? ¿Por países? ¿Por orden alfabético? ¿Por idiomas?
 
Desde hace quince años vivo en una casa rural que todavía no termino de rehabilitar, porque el pozo, la huerta, los tejados y los desconchones siempre eran más urgentes que la biblioteca. Pero al fin he llegado a la edad de merecer un lugar de trabajo más decente, aunque se trate del antiguo establo de la propiedad. ¿Acaso un azulejo sevillano que quiere honrar los antiguos nombres del callejero hispalense no dice «Calle Alfonso X el Sabio antes Burro»? Mi biblioteca es igualita, pero sin doble sentido: antes, todos burros.
 
Jamás hay que colocar los libros de un autor al lado de cualquiera, pues hay quienes se resienten, se deprimen e incluso a quienes se les pegan cosas. ¿Por qué zutanito adjetiva ahora como menganita? ¿Y si a perencejo lo arrimo a fulanita para que se ponga más tierno? Como encaje los libros de uno que yo me sé entre Nabokov y Buffalino, seguro que trinca un premio. Por eso las estanterías en blanco son más estimulantes que la página ídem.
 
He preferido publicar una foto de la biblioteca vacía porque hay gente muy mala, que en lugar de fijarse en si uno tiene libros, lo que quiere saber es si uno tiene muchacha.
 
 
 
 
 
 
 
© Texto y fotografía: Fernando Iwasaki
 
Fernando Iwasaki (Lima, 1961) es escritor, ensayista e historiador. Es autor de las novelas Neguijón (2005) y Libro de mal amor (2001); de los ensayos Nabokovia Peruviana (2011), Arte de introducir (2011), rePUBLICANOS (2008), Mi poncho es un kimono flamenco (2005) y El Descubrimiento de España (1996); de las crónicas reunidas en Una declaración de humor (2012), Sevilla, sin mapa (2010), La caja de pan duro (2000) y El sentimiento trágico de la Liga (1995), y de los libros de relatos España, aparta de mí estos premios (2009), Helarte de amar (2006), Ajuar funerario (2004), Un milagro informal (2003), Inquisiciones Peruanas (1994), A Troya Helena (1993) y Tres noches de corbata (1987), entre más de veinte títulos. Entre 1996 y 2010 dirigió la revista literaria Renacimiento.

lunes, 19 de noviembre de 2012

José María Merino



 
 
 
 
 
La perspectiva del gato
 
 
Justamente desde este punto, subido en su tinglado de troncos revestidos de cuerda, el gato me mira mientras trabajo. A mi espalda hay muchas imágenes y documentos: desde mi nombramiento como Sátrapa Honorífico por el Institutum Pataphysicum Granatensis hasta el título de Hans Christian Andersen Ambassador, pasando por el agradecimiento por mi contribución al bicentenario de Alexander Pushkin –que firma Valentina Tereshkova, nada menos–, por un icono rumano en el que figuramos los tres miembros del Filandón Postmoderno –Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio y yo mismo– y por las fotos, entre otras, de Sabino Ordás, de Ricardo Gullón, de mi hija Ana el día en que recibió el Premio Adonais –mientras la observan Claudio Rodríguez y Rafael Morales–, todo ello presidido por el cuadro de Félix de la Concha que utilicé como referencia para urdir mi discurso de ingreso en la RAE. Alrededor, libros, objetos menudos, papeles malamente ordenados, un retrato de mi mujer cuando éramos novios… Sobre mi mesa, dos pequeñas figuras tutelares: el hombrecillo polaco que monta un gallo y ese dios mono llamado Sun Wu Kong. Está encendida la lámpara de la mesa y la luz debería iluminar una carpeta azulada donde se encuentran materiales de mi próximo libro, y yo debería estar sentado a la mesa, absorto en el repaso de un cuento, mientras un silencio apacible me rodea. En cualquier caso el gato, que no quiere verme, mira la mesa y su entorno con esa fijeza de los felinos, que sin duda proviene de un espacio acaso paralelo al nuestro y que nosotros no logramos reconocer.
 
 
 
 
 
 
 
© Texto y fotografía: José María Merino
 
 
 
José María Merino (La Coruña, 1941) ha publicado, entre otros, las novelas El río del Edén (Alfaguara, 2012), La sima (Alfaguara, 2009), El heredero (Alfaguara, 2003), El centro del aire (Alfaguara, 1991), La orilla oscura (Alfaguara, 1985; Premio de la Crítica) y Novela de Andrés Choz (Novelas y Cuentos, 1976), las novelas cortas de El lugar sin culpa (Alfaguara, 2006) y Cuatro nocturnos (Alfaguara, 1999), los libros de cuentos El libro de las horas contadas (Alfaguara, 2011), Las puertas de lo posible (Páginas de Espuma, 2008), Cuentos de los días raros (Alfaguara, 2004), Cuentos del Barrio del Refugio (Alfaguara, 1999), El viajero perdido (Alfaguara, 1990) y Cuentos del reino secreto (Alfaguara, 1982), los microrrelatos de La glorieta de los fugitivos (Páginas de Espuma, 2007) y Días imaginarios (Seix Barral, 2002), los ensayos de Ficción continua (Seix Barral, 2004), el libro de memorias Tres semanas de mal dormir (Seix Barral, 2006) o los poemarios recogidos en Cumpleaños lejos de casa (Seix Barral, 2006). En 2008 fue elegido académico de la RAE.
 
 

lunes, 12 de noviembre de 2012

Ignacio Martínez de Pisón






Los libros tienden a la acumulación y, por tanto, al desorden. Pero debajo de ese desorden suelen ocultarse los restos de alguna lógica antigua. Cuando, hace doce años, nos cambiamos de piso, mi mujer decidió que debíamos ordenar nuestra biblioteca por orden alfabético. Como en cada letra había que reservar hueco para los libros venideros, el resultado fue que en las estanterías que habían albergado todos los libros ahora sólo había sitio para un sesenta o setenta por ciento de ellos, y para los demás hubo que poner nuevas estanterías. El tiempo se ha encargado de hacer el resto del trabajo: algunas letras (sobre todo las letras centrales del alfabeto) se han ido llenando antes que otras, y los ejemplares sobrantes han acabado saliendo al exilio hacia las zonas de la A y la Z. Quien se pare a observar mi biblioteca tendrá problemas para orientarse. Yo, en cambio, sé muy bien dónde está cada libro. Estamos, pues, como antes del traslado, cuando mi mujer decía que esa biblioteca era un lío. Lo era, en efecto, y lo ha vuelto a ser, pero un lío que refleja con bastante fidelidad mi propia trayectoria de lector, que, supongo que como todas, es errática y liosa. Entre todos esos libros, sepultada entre papeles y revistas y rodeada de pilas de más libros, está la mesa en la que escribo. Si algo me incomoda de esa mesa no son tanto los montones de papel que se sostienen en delicado equilibrio como los muchos cables que, al igual que la mala hierba, han ido echando raíces entre los rincones: el cable del ordenador, el del disco externo, el de la impresora, los de los diferentes cargadores, otros cables que yo mismo no sé si tienen algún uso o lo tuvieron o tendrían que tenerlo. Siempre digo que algún día pondré orden en la mesa. Pero ese “algún día”, por supuesto, está situado en un futuro definitivamente incierto.










© Texto y fotografía: Ignacio Martínez de Pisón


Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) es autor, entre otros, de los libros de cuentos Foto de familia (Anagrama, 1998), El fin de los buenos tiempos (Anagrama, 1994) y Alguien te observa en secreto (Anagrama, 1985), las nouvelles recogidas en Antofagasta (Anagrama, 1987), las novelas El día de mañana (Seix Barral, 2011; Premio de la Crítica), Dientes de leche (Seix Barral, 2008), El tiempo de las mujeres (Anagrama, 2003), María bonita (Anagrama, 2001), Carreteras secundarias (Anagrama, 1996), Nuevo plano de la ciudad secreta (Anagrama, 1992) y La ternura del dragón (Anagrama, 1984), el ensayo Enterrar a los muertos (Seix Barral, 2005) y el libro de reportajes Las palabras justas (Xordica, 2007). Ha escrito guiones cinematográficos como el de Chico & Rita (junto con Fernando Trueba, 2010), Las trece rosas (Emilio Martínez Lázaro, 2007) o la adaptación de Carreteras secundarias (Emilio Martínez Lázaro, 1997). Sus libros han sido traducidos a una docena de idiomas. 


jueves, 8 de noviembre de 2012

Miguel Ángel Arcas






Errático y ambulante, mi escritorio está allí donde estoy yo. En mesas distintas, en cafeterías, en estaciones de metro y tabernas, en lugares inhóspitos, en calles, mercados o algarabías. Escribo en una pequeña libreta que guardo en un bolsillo cerca del hígado, en papeles furtivos o servilletas, en tarjetas de visita, en hojas ya escritas, en los márgenes. Y escribo también en mi otra mano, la que no escribe. Espacio marsupial, pasillo del fantasma, apoyo volátil donde apunto, mi escritorio tiene la virtud arbitral de la invisibilidad. 

Dice de mí.








© Fotografía: Charles Olsen


Miguel Ángel Arcas (Granada, 1956), licenciado en filología hispánica por la UGR, es poeta, editor y gestor cultural. La editorial que dirige, Cuadernos del Vigía, recibió en 2010 el Premio Andaluz al Fomento del Libro y la Lectura. Ha publicado los libros de poemas El baile (Cuadernos del Vigía, 2002) y Los sueños del realista (Fundación Miguel Hernández, 2000, Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández). Sus aforismos vienen recogidos en dos libros, Más realidad (Pre-Textos, 2012) y Aforemas (Fundación Lara, 2004).

lunes, 5 de noviembre de 2012

Gonzalo Hidalgo Bayal








Como la palabra vino en principio llena de connotaciones, envuelta en filigranas y policromía, circunscrita tal vez a los gabinetes en que la ociosa y distinguida aristocracia femenina de las novelas decimonónicas escribía cartas románticas y perfumadas, nunca se me había ocurrido pensar que paso muchas horas en la biblioteca compartiendo escritorio (siempre usamos en casa la palabra ‘biblioteca’: ni ‘estudio’ ni ‘escritorio’ figuran en el vocabulario doméstico). Tal vez por eso, por haber confundido espacio y mueble, siempre he antepuesto la plenitud de las paredes y de las estanterías a las sucesivas mesas, claras, sencillas y funcionales, o incluso, como ahora, administrativas, despojadas de todo atributo solemne y carentes de cualquier intensidad poética, sobre las que he ido leyendo y escribiendo, a veces vorazmente, a veces con sensata indolencia, como si la sustancia estuviera en la lectura y escribir fuera un trámite contiguo o una diligencia formularia. Puede que en toda estética visual de la escritura sobreactúe siempre el énfasis. De ahí que, por llevar la contraria, por añoranza o por costumbre, tampoco me importe acogerme en invierno al abrigo de una mesa camilla y a un mirador que ilumina la luz de Santa Bárbara y sacude en ocasiones con estridencia el viento del Valle. Si cabe trasladar la austeridad de la vida retirada a las tareas de la escritura (al fin y al cabo, una forma apacible de rutina y ascetismo), bien podría decir que «a mí una pobrecilla / mesa de amable paz bien abastada / me basta», donde tanto más importante que la mesa, el mueble, el escritorio riguroso y referente, son la amable paz y el buen abastecimiento, dejando, eso sí, que el abastecimiento, en consonancia con la métrica tradicional, se acoja a las livianas modalidades del hipérbaton y a los escorzos de un encabalgamiento no demasiado abrupto.








© Texto y fotografía: Gonzalo Hidalgo Bayal



Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, Cáceres, 1950) es licenciado en filología románica y en ciencias de la imagen por la Universidad Complutense de Madrid, y ha enseñado literatura en un instituto de Plasencia. Entre sus publicaciones destacan el poemario  Certidumbre de invierno (Editora Regional de Extremadura, 1986), las novelas El espíritu áspero (Tusquets, 2009; Premio Qwerty), Paradoja del interventor (Del Oeste Ediciones, 2004; Tusquets, 2006), Amad a la dama (Llibros del Pexe, 2002), El cerco oblicuo (Calambur, 1993) y Mísera fue, señora, la osadía (Diputación de Badajoz, 1988), la novela corta Campo de amapolas blancas (Editora Regional de Extremadura, 1997; Tusquets, 2008), los libros de cuentos Conversación (Tusquets, 2011; Premio NH), Un artista del billar (Alcancía, 2004) y La princesa y la muerte (Editora Regional de Extremadura, 2001), y los ensayos recogidos en El desierto de Takla Makán (Editora Regional de Extremadura, 2007), Equidistancias (Del Oeste Ediciones, 1997) y Camino de Jotán. La razón narrativa de Ferlosio (Del Oeste Ediciones, 1994). 


jueves, 1 de noviembre de 2012

Yaiza Martínez









De un tiempo a esta parte he empezado a escribir muy temprano. Cuando aún es de noche, me introduzco en la historia de la pantalla. Un rato después, me sorprende la luz.
 
Paso de un agujero a una plaza antes de las carreras.
 
Luego regreso. No es un hogar, el hogar está en la mente y en el dibujo de la hoja. También en la forma que imanta a los renglones.
 
Pero es agradable. Es como un taller con una silla incómoda. Y nunca me doy cuenta hasta que me duele la espalda. Y casi nunca me duele. Así que sigo.
 
Cuando por fin me levanto es mediodía. Echo a correr. Me tomo el pulso durante un rato, en el patio de la escuela. Más tarde, mientras cocinamos, siento una punzada de culpa porque se está haciendo tarde.
 
Como si la flor de papel debiera ser regada (además nace de un tarro de caramelos, pienso, casi siempre a la misma hora).
 
Luego vuelvo.
 
Por detrás me llegan otros deberes. Nado contra algunas olas. Ahora voy, repito a cada brazada, con la respiración. Ellos entienden lo que les digo solo en parte.
 
Finalmente me descubro imantada a la pantalla, como en un ecosistema.
 
Entonces, me quito con esfuerzo los zapatos y pienso en lo que voy a escribir durante la noche.
 
Antes del amanecer, espero de nuevo la luz, con todos mis dedos.
 
 
 
 
 
 
 
 
© Texto y fotografía: Yaiza Martínez
 
 
Yaiza Martínez (Las Palmas de Gran Canaria, 1973) es Licenciada en Filología Hispánica por la UCM. Ha trabajado como periodista, traductora y profesora de escritura creativa y de español para extranjeros. Actualmente, es redactora-jefe de la revista Tendencias21. Ha publicado los poemarios Rumia Lilith (Ateneo Obrero de Gijón, 2002), El hogar de los animales Ada (Devenir, 2007), Agua (Idea, 2008), Siete-Los perros del cielo (Leteo, 2010) y Caoscopia (Amargord, 2012).  También es autora de una novela, Las mujeres solubles (Lulu.com, 2008). Ha sido incluida en la antología de poesía Poetas en blanco y negro. Contemporáneos (Abada, 2006), en la antología de relato breve Tripulantes (Eclipsados, 2007) y en el libro conjunto Por donde pasa la poesía (Baile del Sol, 2011).